por Angelo Sceppacerca

Siempre de cara al próximo Sínodo de los Obispos sobre la familia, pero con las imágenes de la canonización del Papa Juan Pablo II todavía en la mira (27 de abril), queremos ofrecer a nuestros lectores algunas perlas de su vasta enseñanza sobre la familia y algunos destellos de personalidades que solo lo conocían, pero fueron elegidos por él y durante muchos años fueron sus expertos colaboradores en instituciones académicas en temas familiares.
 
La Familiaris Consortio atribuye a la familia un papel protagonista en la misión de la Iglesia. “La futura evangelización depende en gran medida de la iglesia doméstica” (FC 65). Esta declaración es una autocita del discurso pronunciado ante el Episcopado Latinoamericano en Puebla el 28.1.1979/XNUMX/XNUMX.
“Santa Iglesia de Dios, no puedes cumplir tu misión, no puedes cumplir tu misión en el mundo, sino a través de la familia y su misión” (Discurso pronunciado a las familias neocatecumenales, 30.12.1988).
“(Entre los numerosos caminos hacia la misión) la familia es el primero y el más importante” (Gratissimam Sane, 2.02.1994).
“(La pastoral de las familias) es una opción prioritaria y fundamental de la nueva evangelización… ¡Cada familia trae una luz y cada familia es una luz! Es una luz, un faro, que debe iluminar el camino de la Iglesia y del mundo en el futuro... en la Iglesia y en la sociedad esta es la hora de la familia. 
Está llamada a desempeñar un papel protagonista en la obra de la nueva evangelización” (Discurso al Primer Encuentro Mundial de las Familias, 8.10.1994, nn. 2 y 6).
“La familia sigue siendo una prioridad y la preocupación más importante de la vida y el ministerio de la Iglesia. Como va la familia, así va la Iglesia y así va la sociedad humana en su conjunto” (Ángelus, 5.10.1997).
En la profunda visión teológica de Juan Pablo II, la familia encuentra su fuente y su modelo en la divina Trinidad, al igual que la Iglesia. “Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Un Dios, tres personas: un misterio insondable. En este misterio la Iglesia encuentra su fuente, y la familia, la Iglesia doméstica, encuentra su fuente” (Discurso en el Primer Encuentro Mundial, Roma 8.10.1994, n. 1). 
“El nosotros divino constituye el modelo eterno del nosotros humano; de aquel nosotros, ante todo, compuesto de hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios” (Gratissimam sane, 2.2.1994, n. 6). 
“En la Trinidad podemos vislumbrar el modelo original de la familia humana. Como escribí en la Carta a las familias, el Nosotros divino constituye el modelo eterno de ese Nosotros humano específico, formado por un hombre y una mujer que se entregan recíprocamente en una comunión indisoluble abierta a la vida" (Ángelus 29.05.1994, n. 2). 
“La imagen divina se realiza no sólo en el individuo, sino también en esa singular comunión de personas que está formada por un hombre y una mujer, unidos en el amor hasta tal punto que se convierten en una sola carne. Porque escrito está: a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó (Gen 1, 27)” (Mensaje para la Jornada de la Paz 1994, n. 1).
Con la creación del hombre y de la mujer y con su íntima comunión resuena en la historia como eco de la misteriosa vida íntima de Dios mismo. “Constituye un sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente al mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad. Éste es el misterio de la Verdad y del Amor, el misterio de la vida divina, del que el hombre participa verdaderamente” (Catequesis 20.02.1980, n. 3). 
Además, el vínculo conyugal hombre-mujer está llamado a ser participación y expresión de la relación de alianza de Dios con su pueblo. “La palabra central de la revelación, Dios ama a su pueblo, se pronuncia también a través de las palabras vivas y concretas con las que el hombre y la mujer se expresan su amor conyugal. Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la alianza que une a Dios y a su pueblo” (FC 12).
“Los esposos, al entregarse el uno al otro, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo vivo de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable de su ser padre y madre” (FC 14 ). Precisamente por ser la unidad de los padres personificada, los hijos sufren terriblemente cualquier conflicto entre ellos y aún más la separación y el divorcio. Ellos "constituyen el fruto del amor de un hombre y de una mujer" y "reivindican este amor con todas las fibras de su ser" (Ángelus 03.07.1994, n. 2).