por Don Bruno Capparoni, Director de la Pía Unión
SLas imágenes de la elección del Papa León XIV están frescas en nuestra memoria y agradecemos a la televisión que nos permitió estar "presentes" en la fumata blanca de la tarde del 8 de mayo. Escuchamos con alegría y temor lahabemo papam, seguido del nombre del cardenal Robert Francis Prevost, y supimos que el nuevo Papa se llamará León. Finalmente, también por televisión, estuvimos en las escaleras de San Pedro para asistir al inicio de su servicio pontificio el 18 de mayo.
Esa Santa Misa, celebrada por el nuevo Papa, ofreció imágenes televisivas extraordinarias, entre las que destacaba el impresionante espectáculo de los "poderosos" alineados ante el altar, venidos de todo el mundo para rendir homenaje al Sucesor de Pedro. Algunos de los medios de comunicaciónAl comentar esas imágenes, destacó el “poder” de la Iglesia Católica.
Personalmente, más que por las imágenes de los “dominadores” alabando a la Iglesia y al Papa, me dejé guiar por las palabras que allí resonaron, para hacer reflexiones que quisiera compartir con los lectores.
Recuerdo el comienzo de aquella misa, cuando el Papa León descendió a venerar la tumba de San Pedro bajo el altar de la Confesión, y luego la procesión del Papa hacia el atrio de la Basílica. Según el antiguo ritual, alabanzas reales, invocaciones en las que la palabra que volvía continuamente era: «Brillas con luz(Ayúdenlo). Los cantores invocaron a Cristo, a María, a cada uno de los Apóstoles y a los santos romanos, mientras todo el pueblo respondía: «¡Ayúdenlo!». Era evidente que no se trataba de una afirmación de poder, sino de una invocación en la necesidad. Ante la inmensa tarea encomendada a un nuevo Papa para dirigir la Iglesia de Cristo, nosotros, sus hermanos, invocamos la ayuda del Cielo para él. De hecho, el Papa no es un superhéroe, sino el «siervo de los siervos de Dios», que necesita el apoyo divino y la intercesión de los santos.
Es más, el propio Papa León demostró una conmovedora conciencia de ello al decir: «He sido elegido sin ningún mérito y, con temor y temblor, vengo a ustedes como un hermano que quiere ser siervo de su fe y su alegría». Y que estas no eran meras palabras formales se vio en el momento en que recibió el Anillo del Pescador, mientras lloraba.
León invitó entonces a todos los cristianos a reconocer la verdadera dimensión de la Iglesia, la de un «pequeño rebaño». Estas son las palabras textuales del Papa: «Queremos ser, en esta masa [que es el mundo], una pequeña levadura de unidad, de comunión, de fraternidad. Queremos decir al mundo, con humildad y alegría: mirad a Cristo». Con él, también nosotros, sus hermanos, somos conscientes de la grandeza de la misión, pero también de la pequeñez de nuestras fuerzas.
Finalmente, recordando el martirio de san Ignacio de Antioquía en Roma, devorado por las fieras, León se llamó a «un compromiso indispensable para quien en la Iglesia ejerce un ministerio de autoridad: desaparecer para que Cristo permanezca, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado».
Con sencillez, el Papa León XIV nos recuerda cuál es el verdadero “poder” de la Iglesia: servir a Cristo Salvador y ofrecerlo con mansedumbre al mundo.