editado por Gabriele Cantaluppi

Por lo general, mientras conduzco al trabajo, rezo mentalmente y estoy acostumbrado a hacer lo mismo también en otros momentos del día, tal vez cuando llego tarde a dormir en la cama. ¿Qué valor tiene esta oración hecha sólo mentalmente? ¿Es menos efectivo que el vocal?

San Agustín observa que en cada palabra nuestra hay un pensamiento de la mente, que suscita en el corazón un sentimiento que conduce a la palabra. Desde esta perspectiva entendemos cómo la oración oral y mental son dos momentos de un único diálogo con Dios, expresiones complementarias de nuestra respuesta a Él, que nos invita a una relación filial. 

La necesidad de asociar los sentidos con la oración interior responde a una necesidad de la naturaleza humana: somos cuerpo y espíritu y por tanto sentimos la necesidad de expresar nuestros sentimientos en acciones.

Como en todas nuestras relaciones humanas, también con Dios debemos involucrar necesariamente nuestra corporalidad, porque es a través de ella que favorecemos la concentración y participación de la mente. Cuando la oración vocal se asocia con algunos gestos típicos, como ponerse de pie o arrodillarse, juntar las manos o abrir los brazos, inclinar la cabeza, entonces la implicación del cuerpo se vuelve aún más evidente.

Una expresión corporal privilegiada de la oración es el canto, donde a la voz se une el ritmo, muchas veces acompañado, especialmente en algunas culturas, de la danza.

Por tanto, debemos reconocer un valor indispensable en la implicación de la mente y el corazón en cada oración, pero no debemos subestimar la importancia de la expresión vocal, especialmente para las fórmulas que nos ha dado la tradición cristiana.

El Catecismo de la Iglesia Católica también habla de ello: “Con su Palabra, Dios habla al hombre. Y nuestra oración toma forma a través de las palabras, mentales o vocales. Pero lo más importante es la presencia del corazón hacia Aquel a quien hablamos en oración” (2700-2704).

Don Guanella da gran importancia a la oración vocal, creyendo que es a través de ella que se despiertan los afectos del corazón, donde se manifiesta la voz de Dios: "Recordemos que en la oración vocal bien hecha los pensamientos de la mente, los afectos del corazón, cooperando todos para unirnos más a Dios". 

Hablando de sor Chiara Bosatta (en la foto), ahora beata, afirma que “la oración por sor Chiara era una necesidad de su alma más que la necesidad de comer o descansar en su cuerpo. Comenzó con la oración vocal y esto encendió en ella el deseo de meditación." 

Ofrece una bella comparación, tomada de la vida cotidiana de su época, cuando en muchos países, aún sin electricidad, el fuego se encendía con acero: "La oración vocal es como el acero que se golpea sobre el pedernal para producir chispas de fuego, capaces de encendiendo una gran llama para usos domésticos y sociales".

Sin embargo, siempre con la condición de que haya una unión profunda entre la voz y la mente: "Pero los ejercicios de oración vocal, para que sean verdaderamente edificantes, requieren que se hagan con fe, con fervor, y el que ora sabe que está conversa con Dios y por tanto comprender, al menos en general, el significado de las palabras, las conversaciones que mantiene con Dios, las gracias que pretende pedir y obtener".