
La foto de portada de la revista de noviembre, con dos manos levantadas en señal de súplica, me impulsó a preguntar por qué la gente mantiene las manos juntas cuando ora. ¿Es sólo un símbolo o es una forma de mantener el alma enfocada en los sentimientos de la oración misma?
Rovira Alessio, Castel Madama (RM)
En la antigüedad cristiana era costumbre levantar la mano en actitud de ofrecer o recibir. Como vemos en los frescos de las catacumbas romanas, era la actitud de quienes rezaban, y todavía podemos observarla hoy. Las rúbricas litúrgicas prescriben que el sacerdote, en determinados momentos de la Misa, ore con las manos en alto.
Posteriormente se introdujo el uso de las manos juntas. Las manos entrelazadas recuerdan el antiguo gesto de atar las manos de los prisioneros (una acción que todavía está viva hoy para las novias en las liturgias orientales). Por eso los que estaban a punto de ser martirizados procedían con las manos juntas y en esos momentos ciertamente oraban.
En el mundo romano, una persona que había sido capturada podía evitar la muerte inmediata utilizando este gesto de manos atadas, en actitud de súplica, pidiendo misericordia. Hoy este gesto ha sido sustituido por el de izar una bandera blanca para expresar rendición.
También se sabe que en la Edad Media los vasallos prometían lealtad a los señores feudales uniendo sus manos. Quien recibe el feudo, en el acto de apoderarse de él, pone sus manos entrelazadas en las manos del señor feudal, un maravilloso gesto simbólico: pongo mis manos en las tuyas, dejo que las tuyas las rodeen. Es una expresión tanto de confianza como de lealtad.
Por este motivo, el cristianismo tomó el gesto como signo de la obediencia total del hombre a la autoridad de Dios, y las manos juntas pasaron a expresar la sumisión del hombre a su Creador. Este gesto de manos juntas ha continuado hasta el día de hoy en la ordenación sacerdotal. El nuevo sacerdote, durante la consagración, pone sus manos entrelazadas en las manos del obispo y recibe el oficio sacerdotal como si recibiera la investidura de un feudo. El sacerdote, sin embargo, no llega a ser sacerdote por sí o para sí, sino en virtud de un don del Señor, que siempre permanece como don y nunca se convierte en su propiedad o poder personal.
Además, mantener las manos juntas durante la oración es signo de especial atención a lo que se hace, interiorizando los sentimientos de fe. También podemos agregar que la actitud de las manos juntas expresa una armonía de paz, el deseo de no ceder a la distracción al orar.
Las manos juntas son también un signo de que uno es consciente de estar en presencia de Dios. Es, por tanto, un gesto de humildad, una actitud orante y de confianza.
Las manos juntas son el gesto más adecuado en la celebración litúrgica cuando las manos no deben usarse de otro modo, excepto en el momento de la comunión, cuando se convierten en símbolo de una cuna sobre la que se coloca el cuerpo del Señor resucitado.